NEPAL

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Cuando me dijeron que nos íbamos a Nepal automáticamente pensé en sacar mis botas de monte del armario. ¡Ya me veía escalando montañas! Pero, aunque el turismo montañero es uno de los principales atractivos del país, no es el único.

Visitamos 3 puntos diferentes: Khatmandú, Pokhara y la selva de Chitwan.

Las huellas del terremoto de abril del año 2015 se ven por todo el país. A pesar del dinero que han recibido, como suele pasar en muchos países menos desarrollados, este no llega a su destino. En khatmandú  aun queda un campamento de damnificados  con sus tiendas de campaña en perfecto orden. Afortunadamente para ellos, en el valle el invierno es suave y con poca lluvia.

El nepalí es sonriente, amable y aparentemente feliz. No parece afectado por sus circunstancias y sigue adelante con su vida.

Al día siguiente de llegar salimos por carretera hacia Pokhara. ¡Toda una experiencia! La anchura de la carretera, la línea continua, que haya obras… da igual. Los coches están hechos con mil trozos diferentes y  donde no hay chapa siempre hay  cartón y cinta americana. Como coincidimos con un periodo de obras de ensanchamiento de la carretera tardamos muchísimo en llegar a nuestro destino, pero mereció la pena  solo por ver el espectáculo de tráfico y personas que nos rodeaba.

Durante el  viaje a nuestro lado corría el río Trisuli donde se puede hacer rafting y otros deportes; pero hay que ir  preparado ya que es agua de las montañas y está muy fría.

Por fin llegamos a Pokhara. Después de una noche reparadora en el hotel Pokhara Grande nos tocó madrugar. ¡Mis botas de monte iban a hacer su trabajo!  Salimos cuándo aun no había amanecido para hacer un pequeño trekking (al alcance de todos, nada difícil)  hasta la Stupa World Peace,  guardiana  del lago de Pokhara. Esta magnifica estupa alberga cuatro grandes figuras de Buda en sus laterales, cada uno mirando a cada punto cardinal. Allí, mientras veíamos amanecer con el  macizo del Annapurna al fondo,  asistimos a una ceremonia mágica. En ella, un monje dio la bienvenida al nuevo día con sus oraciones y rituales mientras giraba alrededor de la estupa entre  rezos y plegarias de colores.

El nepalí es sonriente, amable y aparentemente feliz. No parece afectado por sus circunstancias y sigue adelante con su vida.

Nepal

Después de desayunar seguimos nuestro trekking bajando hasta el lago Fewa. Alrededor de él muchas familias y grupos de amigos se preparaban para pasar un día de asueto. El ambiente era muy festivo y, está claro que el futbol va ganando aficionados poco a poco.  El lago es precioso. Todo el paisaje de alrededor acompaña la sensación de muy pequeño que se siente en esa zona de Nepal. Mires a donde mires las montañas son inmensas, y no solo las que están más próximas, también las que en la lejanía van sobresaliendo unas de otras.

Pokhara vive de la montaña. Hay montañeros, tiendas, comercios  y negocios enfocados a esta actividad por todas partes. Cuando este ambiente te rodea es difícil no sentir el gusanillo de subir un poco a alguna, aunque sea de las pequeñitas.

Dejamos atrás las montañas y nos dirigimos por carretera hacia la selva de Chitwan.  De nuevo tráfico y carreteras.  El paisaje va cambiando poco a poco. Durante el trayecto vimos  como viven  realmente en sus  sencillas casas dedicados  a cultivar pequeños terrenos.

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Un cartel nos dio  la bienvenida al Parque Nacional de Chitwan, patrimonio de la UNESCO desde 1973,  y nuestro hotel, el Tigger Land cumplió todas nuestras expectativas: Estábamos en la selva. Durante unos días nos acompañaron elefantes, rinocerontes, osos perezosos, montones de aves y no sé cuantos tipos diferentes de cocodrilos. Solo nos faltó ver el tigre de bengala, que se hizo el esquivo. Aprendimos mucho sobre los animales de la zona y el personal del Lodge nos trató espléndidamente bien. Estoy segura de que a ninguno de nosotros nos va a ser  fácil de olvidar los  atardeceres desde el porche del hotel con el ruido de la selva de fondo.

Como todo tiene un final, teníamos que volver a Khatmandú a seguir con nuestro viaje. ¡Otra vez a la carretera!  Durante el camino de vuelta pasamos de nuevo por el punto en el que el día de llegada se  había caído un gigantesco árbol que tapaba e impedía el tráfico… y que días después seguí allí. Son cosas con las que hay que contar cuando viajas.

En la capital dejamos atrás las montañas y la selva. Durante los siguientes días nos dedicamos a ver templos y estupas, como la de Bouddhanath, de 35 metros de altura y una de las más grandes del mundo. De allí fuimos a un monasterio budista, el  de Shakya. Y visitamos  una galería de “Thankas” o pinturas tradicionales del budismo. Allí un monje nos dio una bendición personal a cada uno e, incluso a mi que no soy muy espiritual, me gustó. Este es el ambiente que se respira por todo  Nepal, paz y armonía.

Al día siguiente madrugamos mucho para ir al aeropuerto de nuevo. Desde allí viví una de las experiencias más emocionantes que he tenido hasta ahora: Vuelo por la cordillera de los Himalayas. Para que se pueda hacer esto tiene que salir un día despejado, sin viento y con muy buen tiempo. Después de esperar unas horas en el aeropuerto sin saber si la avioneta salía tuvimos suerte  y durante una hora volamos paralelos a la cordillera identificando sin ningún problema todos los ochomiles.

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El día era magnífico, con una luz dorada que hacía la experiencia aún más intensa, pero lo mejor estaba por llegar. Una azafata se nos acercó para invitarnos a pasar a la cabina del piloto ¡En ese momento teníamos enfrente el Everest! Cualquiera que disfrute un poco de la montaña entenderá la emoción de ese momento. El monte más alto del planeta, con su silueta que hemos visto mil veces fotografiada estaba imponente delante de nosotros.

Una vez de vuelta a tierra  nos dirigimos a Patán, la segunda ciudad del Valle de Kathmandú, para visitar la Plaza Durbar de la ciudad. Está ubicada sobre una meseta que se extiende sobre el río Bagmati, al sur de Kathmandú.  Es famosa como centro de bellas artes y por el soberbio trabajo de sus artesanos. También es conocida como Lalitpur “la ciudad hermosa”. Aquí los efectos del terremoto son muy visibles.  Sus palacios y templos  están muy dañados y queda claro que todo el dinero de la UNESCO para la reconstrucción del patrimonio se ha quedado por el camino en manos de la corrupta burocracia que es tan habitual en países poco desarrollados. A pesar de ello, sigue mereciendo la pena la visita ya que la plaza es impresionante. Está a rebosar de color y vida, monjes con túnicas naranjas, mujeres vestidas con telas llamativas, puestos de vendedores y gente, mucha gente. De todos modos, nos quedaba por conocer algo que para nosotros, con nuestra cultura occidental y  europea nos iba a chocar especialmente: La Diosa viviente. Es una niña a la cual seleccionan entre todas las familias budistas devotas y que tiene que cumplir los doce puntos de la perfección. Una vez elegida la tienen recluida en una casa hasta que llega a la pubertad. Su misión es simplemente estar durante horas en su trono y recibir a la gente que viene a honrarla y a traerle  ofrendas. No puedes tocarla y ella no puede moverse, hablar o sonreír.  No se le enseña ni a leer ni a escribir, no tiene otros niños cerca y cuando llega su primera regla es devuelta a su familia, que se encuentra con una niña sin ningún tipo de educación ni preparación para la vida real. En toda la historia solo se conoce un caso de una Diosa en Vida que ha logrado  tener luego una vida normal, casándose y teniendo una familia. A pesar de la vida tan desgraciada que le espera a esa niña, para los padres es un orgullo ser los elegidos.

Para acabar nuestra visita volvimos a Khatmandú para ver su plaza conocida en la actualidad como Hanuman Dhoka, lugar donde se sitúan los palacios y templos de los reyes.

Después de esto, ya estábamos listos para volver a casa. Volvimos a casa relajados, impregnados del ambiente pacífico que se respira allí y con el espíritu renovado.

Mamen L.

By | 2017-04-25T15:04:10+00:00 enero 9th, 2017|ASIA, Experiencia|Sin comentarios

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